Un juego
perverso y absurdo
Solo hay un modo de que una posible guerra sea ganada, y es
que no llegue a realizarse.
Ambas partes son así ganadoras, conservan su dignidad,
y han vencido juntos al más grande de los absurdos, la
guerra.
No hay guerras justas, ni guerras santas.
Los verdaderos perdedores, no siempre son los vencidos. Son
aquellos que aún ganando la guerra, vivirán una
vida de perdedores, despojados de algo de gran valor que perdieron
en la batalla, la propia dignidad. Y a solas vivirán
con el recuerdo y la responsabilidad de todas las muertes que
causó su objetivo.
Ganar no es conquistar el terreno disputado, es conquistar la
paz, conquistar nuestra humanidad, nuestra capacidad de renunciar
o compartir, eso es ganar, poderse mirar al espejo y ver a un
ser humano de mirada transparente.
Jugamos a las guerras, como si la vida de los que mueren en
las batallas, no importarán más que pequeños
soldados de plomo.
Un juego perverso y absurdo, cuyos motivos son enterrados tras
el primer disparo.
Matamos, pero pocos conocen los verdaderos móviles que
llevan a la guerra.
No hay motivo, excusa ni razón para iniciar una batalla
donde habrá muertos y heridos, de cuerpo y de alma.
La guerra, es el mayor de los absurdos que el hombre haya inventado,
y los verdaderos motivos, son diferentes para cada uno y ocultos
para la mayoría.
Ocultos incluso para los soldados que disparan sin pensar, sin
mirar, sin pararse a sentir nada que no sea el odio que les
han enseñado.
Porque si el soldado se para a pensar, si se atreve a mirar,
sin el odio aprendido, siente, y ya no es el soldado, es el
ser humano, igual al que tiene al frente. Entonces comprende,
ve, piensa... y el soldado ya no dispara.
¡Por favor, que nuestros soldados piensen, miren y sientan!.
Que nuestra sociedad no vea enemigos en las diferencias, si
no complementos.
Que los hombres de nuestro planeta, no vean contrarios, ni tierras
que saquear, que vean seres humanos y tierras donde compartir.
Ojalá y un día, todos los hombres seamos guerreros
de la paz, y cambiemos las armas por respeto, el resentimiento
por perdón y el afán de poder por el placer de
convivir.
Todos tenemos mucho que perder en las batallas. En ellas perdemos
cosas de gran valor.
Seamos capaces de entender, que no solo nosotros tenemos derechos.
Si quieres
hacer algo por la paz, hazlo ya, ofrece tu tiempo, tu dinero,
tu imaginación... Dile a la paz que estás a su
servicio. Y díselo también al mundo.
Cada instante que regales a esta causa, será sumado a
otros muchos.
Cada uno somos necesarios, únicos y de gran importancia.
Que no te domine la pereza, cuando algo tan importante está
en juego.
Ahora, no es demasiado pronto, no es demasiado tarde, es el
justo momento de que dispones para empezar ya.
En el siglo Veintiuno no podemos proclamarlos vencedores sobre
un montón de muertos. ¿Acaso detuvimos nuestra
evolución?. Despertemos. Busquemos nuevas formas de vivir,
tenemos la capacidad para hacerlo.
La muerte
de aquellos que mueren en el campo de batalla, no está
solo en la conciencia de los políticos o militares que
aprobaron la guerra. Está también, aunque no nos
guste admitirlo, en cada uno de los que no hacemos nada por
la paz. En cada uno de los que por apatía o comodidad,
no movimos un dedo. En cada uno de aquellos que nos dedicamos
a hacer muchas críticas en contra de la guerra y de los
políticos, pero no nos comprometimos, ni nos esforzamos
buscando otros caminos.
Todos somos un poco culpables de todo. Admitamos humildemente
esa posibilidad, y desde esa igualdad, intentemos comprometernos,
sin dejar de comprender ni respetar.