Carta
a mi hijo
No
tengo oro ni plata, mas lo que tengo te lo doy, querido hijo.
Lentamente se aproxima el tiempo en que debo emprender el camino
que no tiene regreso. No puedo llevarte conmigo, y te dejo en
un mundo en que los buenos consejos no salen sobrando. Nadie
es sabio de nacimiento; aquí, el tiempo y la experiencia
enseñan y limpian la conciencia y he observado el mundo
más tiempo que tú.
Querido
hijo, no todo lo que brilla es oro. He visto caer algunas estrellas
del cielo y quebrarse muchos bastones en los cuales uno confiaba
para poder sostenerse. Por eso, quiero darte algunos consejos
y decirte lo que yo encontré y lo que el tiempo me ha
enseñado.
Nada
es grande si no es bueno y nada es verídico si no perdura.
No te dejes engañar por la idea de que puedes aconsejarte
solo y que conoces el camino por ti mismo. Este mundo material
es para el hombre demasiado poco y el mundo invisible no lo
percibe, no lo conoce. Ahórrate, pues, esfuerzos vanos;
no te aflijas y ten conciencia de ti mismo.
Considérate
demasiado bueno para obrar mal y no entregues tu corazón
a cosas perecederas. La verdad, querido hijo, no es gobernada
por nosotros, sino que nosotros debemos ajustarnos a ella. Ve
lo que puedas ver y para ello usa tus propios ojos y, con respecto
a lo invisible y eterno, atente a la palabra de Dios.
Aprende
con gusto de los demás y escucha con atención
donde se hable de sabiduría, dicha humana, luz, libertad,
virtud, pero no confíes inmediatamente en todo, porque
no todas las nubes llevan agua, y existen diversos caminos para
seguir.
Hay
quienes creen que dominan una materia porque hablan de ella,
pero no es así hijo mío. Sólo son palabras
y ten cuidado cuando fluyan en forma demasiado hábil
y ligera, pues los caballos cuyos carros están cargados
de mercadería, avanzan con pasos más lentos.
Nada esperes del trajín ni de los trajinantes y pásate
de largo donde haya escándalo callejero.
Si
alguien quiere enseñarte sabiduría, mírale
la cara; si le ves enorgullecido, déjalo. No hagas caso
de sus enseñanzas por más famoso que sea. Lo que
uno no tiene, no lo puede dar y no es libre quien puede hacer
lo que quiere, sino quien puede hacer lo que debe hacer. No
es sabio quien cree que sabe, sino quien se percata de su ignorancia
y logra sobreponerse a la vanidad. Piensa con frecuencia en
cosas sagradas y ten la seguridad de que ello te traerá
ventajas:
así serás como la levadura que fermenta la masa
del pan.
No
desprecies religión alguna, pues ellas están consagradas
al espíritu y tú no sabes lo que pudiera estar
oculto bajo apariencias insignificantes.
Desdeñar
a alguien es fácil hijo, pero mucho mejor es comprenderle.
No instruyas a otros hasta que tú seas instruido. Acógete
a la verdad, si puedes, y gustosamente permite que te oigan
a causa de ella. Debes saber, sin embargo, que si tus cosas
no son cosas de verdad, cuida de no confundirlas, puesto que
de ser así vendrán sobre ti las consecuencias.
Simplemente
haz el bien y no te preguntes de lo que ello resulte.
Quiere sólo una cosa y ésta, quiérela de
corazón. Cuida de tu cuerpo pero no de tal manera como
si fuera tu alma. Obedece a la autoridad y deja que otros la
discutan. Sé recto con todo el mundo pero no te confíes
fácilmente; sé correcto con cualquier persona
pero confíate difícilmente. No te mezcles en asuntos
ajenos y los tuyos arréglalos con diligencia. No adules
a persona alguna y no te dejes adular.
Honra
a cada quien según su rango y deja que se avergüence
si no lo
merece.
No
quedes debiéndole a persona alguna, pero sé afable
como si todos fueran tus acreedores. No quieras ser siempre
generoso, pero procura ser siempre justo. A nadie debes sacar
canas, sin embargo, cuando obres con justicia, no te preocupes
por ellas. Desconfía de la gesticulación y procura
que tus modales sean sencillos y correctos.
Si tienes algo, ayuda y da con gusto; no por eso te creas superior.
Si nada tienes, ten a mano un trago de agua fresca y no por
esto te creas menos.
No
lastimes a doncella alguna y piensa que también tu madre
lo fue.
No digas todo lo que sabes, pero siempre debes saber lo que
dices.
No te sientes donde se sientan los burlones, porque ellos son
los más miserables de todas las criaturas. Respeta y
sigue a los hombres piadosos, mas no a los santurrones.
El
hombre que tiene en su corazón verdadero temor a Dios,
es como el sol que brilla y calienta aunque no hable. Haz lo
que merezca recompensa pero no pretendas obtenerla.
Si
tienes necesidades quéjate ante ti mismo y ante nadie
más. Ten siempre algo bueno en tu mente. Cuando yo muera,
ciérrame los ojos y no me llores. Ayuda y honra a tu
madre mientras viva y entiérrala junto a mí.