CANICAS
ROJAS.
Durante los duros años de la depresión, en un
pueblo pequeño, solía parar en el almacén
del Sr. Miller para comprar productos frescos de granja. La
comida y el dinero faltaban y el trueque se usaba mucho. Un
día en particular, el Sr.Miller me estaba empaquetando
unas papas. De repente me fijé en un niño pequeño,
delicado de cuerpo y aspecto, con ropa roída pero limpia
que miraba atentamente un cajón de arvejas frescas maravillosas.
Pagué mis papas pero también me sentí atraído
por el aspecto de las arvejas. Admirando las arvejas, no pude
evitar escuchar la conversación entre el Sr. Miller y
el niño. - "Hola Barry, como estás hoy?"
- "Hola Sr. Miller. Estoy bien , gracias. Solo admiraba
las arvejas....se ven muy bien." - "Sí, son
muy buenas. ¿Como está tu mamá?" -
"Bien. Cada vez más fuerte." - "Bien.
¿Hay algo en que te pueda ayudar?" - "No Señor.
Sólo admiraba las arvejas." - "¿Te gustaría
llevar algunas a casa?" - "No Señor. No tengo
con que pagarlas." - "Bueno, qué tienes para
cambiar por ellas? - "Lo único que tengo es esto,
mi canica más valiosa." - "¿De veras?
¿Me la dejas ver?" - "Acá está.
Es una joya!" - "Ya lo veo. MMMMM... el único
problema es que ésta es azul y a mí me gustan
las rojas. ¿Tienes alguna como esta pero roja en casa?"
- "No exactamente pero casi." - "Hagamos una
cosa. Llévate esta bolsa de arvejas a casa y la próxima
vez que vengas muéstame la canica roja que tienes."
- "Desde ya! Gracias Sr. Miller." La Sra. Miller,
se me acercó a atenderme y con una sonrisa me dijo, "Hay
dos niños más como él en nuestra comunidad,
todos en situación muy pobre. A Jim le encanta hacer
trueque con ellos por arvejas, manzanas, tomates, o lo que sea.
Cuando vuelven con las canicas rojas, y siempre lo hacen, el
decide que en realidad no le gusta tanto el rojo y los manda
a casa con otra bolsa de mercadería y la promesa de traer
una canica color naranja o verde tal vez." Me fui del negocio
sonriendo e impresionado con este hombre. Un tiempo después,
me mudé a la ciudad, pero nunca me olvidé de este
hombre, los niños y los trueques entre ellos. Varios
años pasaron, cada uno más rápidamente
que el anterior. Recientemente tuve la oportunidad de regresar
a visitar unos amigos en el pueblo. Mientras estuve allí,
me enteré que el Sr. Miller había muerto. Esa
noche sería su velorio y sabiendo que mis amigos querían
ir, acepté acompañarlos. Al llegar a la funeraria,
nos pusimos en fila para conocer a los parientes del difunto
y para ofrecer nuestro pésame. Delante nuestro, en la
fila, había tres hombres jóvenes. Uno tenía
puesto un uniforme militar y los otros dos unos lindos trajes
oscuros con camisas blancas. Parecían profesionales.
Se acercaron a la Sra. Miller quien se encontraba al lado de
su difunto esposo, tranquila y sonriendo. Cada uno de los hombres
la abrazó, la besó, conversó brevemente
con ella y luego se acercaron al ataúd. Los ojos azules
llenos de lágrimas de la Sra. Miller los siguió
uno por uno mientras cada uno tocaba con su mano cálida
la mano fría dentro del ataúd. Cada uno se retiró
de la funeraria limpiándose los ojos. Llegó nuestro
turno y al acercarme a la Sra. Miller le dije quién era
y le recordé lo que me había contado años
atrás sobre las canicas. Con los ojos brillando, me tomó
de la mano y me condujo al ataúd. - "Esos tres jóvenes
que se acaban de ir son los tres chicos de los cuales te hablé.
Me acaban de decir cuanto agradecían los trueques de
Jim. Ahora que Jim no podía cambiar de parecer sobre
el tamaño o color de las canicas, vinieron a pagar su
deuda". "Nunca hemos tenido riqueza," me confió,"Pero
ahora Jim se consideraría el hombre más rico del
mundo." Con una ternura amorosa levantó los dedos
sin vida de su esposo. Debajo de ellos había tres canicas
rojas exquisitamente brillantes.